Lo que comenzó como una discusión arbitral terminó convirtiéndose en un asunto político. La decisión de la FIFA de levantar la suspensión del delantero estadounidense Folarin Balogun, expulsado ante Bosnia y Herzegovina, ha generado una ola de cuestionamientos en medio de reportes de que presuntamente el presidente Donald Trump se comunicó con el titular de la FIFA, Gianni Infantino, para solicitar una revisión del caso. Aunque el organismo no ha atribuido su decisión a esa conversación, la coincidencia de ambos hechos ha intensificado el debate.
El fallo permitirá a Balogun disputar los octavos de final frente a Bélgica y marca un precedente inusual, ya que, según diversos reportes, sería la primera vez desde 1962 que una tarjeta roja en una Copa del Mundo no conlleva una suspensión automática.
La Real Federación Belga de Fútbol calificó la decisión como sorprendente y anunció que analiza todas las vías posibles para defender los principios del juego limpio.
Las reacciones trascendieron el ámbito deportivo. El expresidente de la FIFA, Sepp Blatter, advirtió que «el fútbol nunca debe convertirse en un campo de juego para el poder político», mientras la UEFA también cuestionó la medida.
Así, el duelo entre Estados Unidos y Bélgica llega rodeado de una controversia que va más allá del césped y vuelve a poner bajo la lupa la independencia de las decisiones en el mundial del fútbol.















