Quejas en internet que escapan a la censura, protestas airadas, enfrentamientos con la Policía y hasta suicidios. Además de un enorme perjuicio económico, ese es el impacto social que está provocando el confinamiento por coronavirus de los 25 millones de habitantes de Shanghái.
Dos años después del estallido de la pandemia en Wuhan, y mientras el resto del mundo recupera la normalidad gracias a sus vacunas y la inmunidad de grupo, China sigue anclada en los encierros masivos por su política de ‘Covid 0’.
Con el blindaje de sus fronteras, el régimen de Pekín se ha protegido contra la pandemia y evitado la sangría de muertes que ha sufrido todo el planeta.
Pero la supercontagiosa variante Ómicron se ha colado en el país y amenaza dicha estrategia, que consiste en sellar las ciudades y hacer pruebas masivas para erradicar los brotes en lugar de convivir con el virus para que no se dispare la mortalidad.
El problema no es solo el tremendo impacto económico y social, sino que las cifras oficiales chinas vuelven a resultar poco creíbles porque en Shanghái hay ya unos 400.000 contagiados y solo diez fallecidos, todos ancianos con edades comprendidas entre los 60 y 101 y patologías previas.
Tras las denuncias en las redes sociales de familiares de internados en residencias de mayores, donde se calcula que habría decenas de muertes, la Comisión Nacional de Salud reconoció por fin este lunes los tres primeros fallecidos. El martes notificó otros siete, pero siguen estando por debajo de todas las estadísticas de letalidad que arroja el coronavirus en el mundo.
Mientras tanto, muchos shanghaineses se quejan por la falta de comida que el Gobierno les reparte en el confinamiento, ya que no pueden salir de sus casas ni para comprar en las tiendas y supermercados, que están cerrados.
Los ‘kuai di’, como se conoce a los repartidores a domicilio que inundan las ciudades chinas, también están confinados, lo que ha llevado a muchas familias a recurrir al trueque de alimentos con sus vecinos. Pero pasan los días y se agotan los víveres y la paciencia, que acaba estallando en episodios poco habituales en China.
Hartos del encierro, miles de personas salen cada noche a sus balcones para gritar desesperados y rebajar la tensión, mientras los drones de la Policía les ordenan «controlar los deseos de libertad» y que cierren las ventanas para «no propagar el virus».








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